«Esto me devolvía a la realidad, y mientras tomaba el desayuno imaginaba cómo sería aquel trozo de tierra perdido entre las brumas del Atlántico. Si he de ser sincero -y es lo que me he propuesto en esta historia-, debo decir que la Isla de los Pelícanos no era exactamente una isla desierta, había pocas personas en ella, pero no era desierta. O, al menos, eso es lo que me habían dicho en la Universidad.»